automóviles

...y todos ellos carretera adelante
en busca de las suecas o a bañarse en el mar

Daniel Sueiro (“Solo de moto”, 1967)

Por el amor de Dios, no vaya a Italia.
No, teniendo coche propio y una figura como la suya.

James A. Michener (“Hijos de Torremolinos”, 1971)

Un gran automóvil americano, con un chófer español, venía a
buscarlos, enviado por el municipio de Torremolinos

Denise Robins (“Shatter the sky”, 1962)

Texto: Miguel Ángel Guerrero García

Miro las postales del viejo Torremolinos: el Hotel Pez de Espada, La Nogalera, las Tres Torres, el edificio Entreplazas y aparecen, como cuentas de un collar multicolor, un montón de automóviles. Imagino que, si te gustan los coches clásicos, irremediablemente tienes que ser un nostálgico: aquel Torremolinos tendría que ser maravilloso, de hecho lo fue sin duda. Los coleccionistas de coches de una cierta edad me han contado qué garajes podíamos encontrar en Torremolinos, y lo que había en muchos de ellos. Pensemos por un momento en la década de los sesenta esta zona, y en concreto en nuestro lugar, con un estatus único en Europa e incluso en el mundo. Si había tanta gente maravillosa, extravagante y poderosamente rica, como diría un mexicano: ¿qué carritos manejaban?. Me remito a las fotos, postales y lo poco que milagrosa e inolvidablemente he podido ver en talleres o exposiciones. No olvidemos que no solo los millonarios venían en coche: hippies, ejecutivos londinenses, modelos con sus prendas de Mary Quant, alemanes con sus matrículas turísticas ovaladas, americanos extraviados, españolitos trabajadores y sus jefes en poderosas máquinas, y ¿qué se puede decir de un sueco sin su Volvo?.

Beach club del hotel Tropicana

La nada oficial y muy hortera documentación que poseo me permite otorgar a cada uno de los antes citados un tipo de vehículo representativo de su estatus: a los maravillosos hippies acertareis imaginándolos en la combi de VW, la tipo 2 como la llaman los expertos o la furgoneta como la conocemos los profanos; Michener, en su libro “Hijos de Torremolinos” coloca a los jóvenes protagonistas en la furgoneta volkswagen -“pop-top”- amarilla que “lleva una ingeniosa serie de literas y su techo puede levantarse para tener más espacio y una mejor vista del paisaje”. Por supuesto en su defecto también valía el escarabajo de matrícula alemana, holandesa, sueca. Cabe destacar, aunque en menor medida, esas extrañas furgonetas inglesas (véase la película “El coleccionista”) de marcas impronunciables como Commer, Atlas.

Furgoneta volkswagen. Torremolinos (1974).
Cedida por Bob Howe
Logotipo de la discoteca Piper´s

Sin duda los ejecutivos de London iban en el E-Type de Jaguar, modelo del 64, maravilla de las maravillas, Aston Martín Db-5, al más puro estilo James Bond y alguna rareza de plástico.
Sin embargo las maravillosas réplicas de Twiggy circulaban en coquetos descapotables donde más importante era la estética que las prestaciones: preciosos Triumph Tr-2, Tr-3, Mg,s modelos B y A, todos coches británicos hoy no demasiado cotizados.
Los alemanes con matrículas rabiosamente ovaladas iban en escarabajos o en cualquier joya de la ingeniería teutónica: Mercedes Pagoda, o variantes decapotables de los sedanes del momento, BMW de diversos modelos.

Los americanos, como no, en sus aeronaves rodantes inspiradas en cazas como el Locked y pasadas a los planos por manos como las de Early Hearl. Modelos como el Buick Riviera Roadmaster, Cadillac y, a partir del 59, Oldsmobiles, Ford Mustang.

Los español, chulitos-piscina según las películas de la época, iban en cosilla nacional: seitas, 850, 2cv, SIMCA 1000 y los más guapetones/as en sus SEAT 850 sport coupé o 850 spider, SEAT 124 Sport (cualquiera de los dos modelos), mientras sus siempre “atentos” jefazos hacían Madrid-Torremolinos en Dodge Dart 270 o 3700Gt con aire acondicionado, dirección asistida, y todos los lujos de ahora.

El boxeador Urtain en Playamar. Fotografía de Ferdinando Scianna

Los toreros viajaban en variopintas máquinas desde los Dodge Dart alargados con tres puertas a cada lado, a cacharros americanos con motores de gasoil adaptados y con piezas hechas por torneros. Bueno, alguno que otro habría con su gran Cadillac o Mercedes.

Alex Bar, en Fuengirola

Aunque no los he nombrado aún, los franceses con su estandarte representativo de las películas de Fantomas y diseñado por André Lefrevre: ¿qué hubiera sido de Francia sin su Tiburón?. Por lo pronto, cuentan que salvó al presidente De Gaulle de un ataque terrorista al poder marchar con una o dos ruedas pinchadas como consecuencia de las balas (véase la película “Chacal”) en perfecto equilibrio. Citroën aprovechó aquel inesperado incidente para crear un slogan que decía: ”Lo que un día Citroén hizo por un presidente hoy puede hacerlo para usted todos los días”

Enrique Berral. Cedida por su hija Thalia Berral

Para terminar el repaso de las diferentes categorías de automóviles que aparecen en las postales de Torremolinos, sería imposible no citar a los suecos. Aunque no muy avispadillos por aquel entonces venían en Volvos pv 444 y pv 544, sin olvidar el 1800, ”modelo de El Santo”, coches todos de una extraordinaria durabilidad.

Algunas de estas viejas máquinas aún están vivas, funcionan como el primer día, huelen a ese indescriptible olor que ya no existe en los coches actuales, algunos aún llevan pegatinas de Torremolinos, de cierto garaje que hace años desapareció, de un hotel, de un local que ya no existe, pero que forma parte del microcosmos de ese coche. Por ello, aquí mi homenaje a todos los automóviles que representaron aquella época.

Automóviles ante el hotel Tarik

¿Qué queda de todo aquello? después de desaparecer el desguace “del avión” por 1990, concluyó toda una época. También cambió de dueño la tienda de recambios junto al “Noche y día”, y ya no está aquel tipo calvito que abría a todas horas incluso los festivos. Ibas buscando cualquier cosa para tu coche y salías de allí con un piloto trasero de un Mini: ¿para qué quiero yo un piloto de un Mini?. Recuerdo, por último, dos imágenes sorprendentes: un Borgward Isabella de dos puertas de primera matrícula en Málaga, de principios de los sesenta, con una pegatina en la luna trasera “Torremolinos Costa del Sol”, y a una misteriosa anciana paseando en un Dodge 270 descapotable, de color rojo y con el cambio de velocidades de botones, al estilo Grace Kelly en “Alta sociedad”, que no se si aún vivirá y si su vehículo seguirá existiendo. La verdad es que siempre que voy a Torremolinos sueño con verla...

Todavía me pregunto si quedará algún coche abandonado en el subterráneo de un hotel, en el parking de un gran chalet o en cualquier taller cerrado, que esté pidiendo a silenciosos gritos que lo devuelvan a la vida, para mirar de nuevo con sus obsoletos pero geniales faros propios de aquel viejo Torremolinos.

Automóviles en el hotel Príncipe Otomán